Archivos de la categoría ‘Realidades’

Niño en vigilia

Publicado: 11 marzo, 2017 en Lo caminado, Microrelatos, Realidades

Aquella noche le costó conciliar el sueño, y las siguientes, en un tiempo no serian mejores. La quietud tras el crepúsculo se habría convertido en su refugio, en ella podía aislarse totalmente del ruido y centrarse en sus pensamientos. Aquel estado había embriagado sus sentidos hasta tal punto que a duras penas podía reconocerse. Nada de lo que en él veía era siquiera una leve reminiscencia de sus anhelos. Pero en la frialdad de su habitáculo, al abrigo de la oscuridad se dio lugar el mágico reencuentro.

De súbito el olvidado sonido comenzó a resonar en su mente. Su cuerpo yacía inmóvil sobre la cama y sus extremidades permanecían rígidas como maderos de féretro mientras una música capaz de apaciguar el ánimo retumbaba en la habitación. Era esa voz que tanto había intentado acallar desde la fatídica ruptura con él mismo, la cual le recordaba quien era y aparecía cuando estaba en comunión con su cuerpo, mente y espíritu. Por alguna razón aquella noche volvió a resurgir con estrepitosa elocuencia y como si de una desfragmentación de un disco duro ordenó cada uno de los pensamientos dándole a cada uno de estos su lugar e importancia. Tras la repentina irrupción cualquier indicio de ansiedad o nerviosismo fue erradicado de forma que un estado de sosiego y serenidad se apoderó del cuerpo que hacia escasos segundos parecía una yacija, un leve rasguño en la realidad esperando dar el último suspiro.

A menudo no conseguía la aprobación de quién más ansiaba, y eso le hizo buscarla en espejos de dudosa fiabilidad. Sabía perfectamente que no había nada más importante que valorarse uno mismo; y aunque no le resultaba fácil, lo intentaba, y la mayoría de los días lo lograba. Sin embargo, cuando se ven envueltos sentimientos como la amistad o el amor todo se puede volver más complicado. La desaprobación de lo que sentía una parte esencial en su vida estaba consumiendo paulatinamente sus energías y de forma inconsciente empezó a robarlas, para suplirlas, de donde nunca debería. Así fue como acabó aislándose de la vida, como un coche sin combustible que se aparta para no entorpecer.

Despertaba cada día junto a alguien por quien moriría, eso le hacía sentir bien, pero el sentimiento que compartían no era lo bastante fuerte como para cicatrizar las heridas que ambos sufrían. Estaban mustios de amor los árboles que se daban sombra, pues sabían que así nunca crecerían, que se marchitarían mientras el veneno consumía sus, hasta hace poco, frondosas hojas; eran conscientes que aquella simbiosis con alguno de los dos acabaría.

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De modo que se recluyó en el más oscuro de los inviernos para poder afrontar la tormenta de reproches y desprecios. Pasó las noches deseando ser cualquier otra persona, volviendo a fantasear con los más lúgubres y funestos pensamientos, lanzando al vacío su cordura para precipitarse tras ella, recobrarla, y de nuevo volverla a lanzar viendo como describía una parábola diferente a través de recuerdos y sentimientos hasta caer en la desolación de la impotencia que produce la imposibilidad de alcanzar un sueño. Por suerte una de las noches y tras arrojar su mente por enésima vez al desolador abismo de su autoproclamada culpabilidad escuchó algo semejante al eco, o más bien parecido a una casi extinta voz que se apagaba debido al ruido proveniente del exterior. Fue un sonido suave al principio, casi imperceptible, a duras penas entendía lo que decía, pero pasado un breve tiempo pudo entender algo parecido a “liberame”.

Ya había pasado por circunstancias similares, y aunque para muchos ahogar las penas en humo y alcohol seguía funcionando, para él aquel método solo producía una breve anestesia y amnesia temporal que desembocaba en las más dolorosa de las resacas, el remordimiento y la culpabilidad. Por suerte la voz que retumbaba en su cabeza adquiría vigor a medida que los estados de trance se sucedían con mayor frecuencia y la comunión con su consciencia aumentaba, dándole visibilidad a una coherencia entre actos y pensamientos que ya no acostumbraba. Cada vez estaba más cerca de volver a sentir la plenitud que confiere la libertad de izar sus propias banderas, de soñar con encuentros donde ya el temor al rechazo no interfiriera. Estaba decidido, volvía a escucharla con extrema claridad, era la voz de su niño interior, y esta vez no dejaría que se fuera.

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Bristol Blur

Publicado: 23 febrero, 2017 en Circus-estancias, Microrelatos, Realidades

Así pasaban los días, borrosos, deambulando en la difuminada linea de la desolación que sentía tras un ostracismo inmerecido y el amor propio que afloraba gracias al orgullo contenido. Sin embargo, aquella mañana el sol arañaba levemente la ventana, lo cual en su país era bastante inusual, y ese cotidiano hecho le transportó a una edad donde disfrutaba persiguiendo motas de polvo a contraluz. – esto era algo cotidiano en él, a menudo se sorprendía absorto contemplando cualquier suceso trivial, para muchos ojos, mientras su mente divagaba entre pensamientos más transcendentales- Tras despertar del frugaz trance decidió que aquella mañana no usaría los pantalones color apatía que tanto se ceñían a su carácter, ni tampoco la camiseta de mangas desidia que hacian juego con las zapatillas rojas estilo melancolía que solía vestir en los últimos años.

En el exterior el viento y el sol seguían turnándose para zarandear o acariciar las ramas de los árboles, y algo parecido sucedía en el interior, a ratos un calor que emanaba de su pecho y a ratos un viento que le empujaba hacia delante mantenían a un cuerpo, hasta ahora, en semiletargo en continuo movimiento, imbuido por la curiosidad y energía que acompaña a un niño; comenzaba un nuevo camino alejado de temores infundidos y borrosos días donde la desaprobación como una bruma que impide ver más allá de los propios pies se expandía por la habitación. Más que nunca sabía que sólo su sombra podría seguir sus pasos cuando de nuevo comenzase a bailar al son del sol y el viento.

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Los dos planteas llevaban muchos años observándose, esperando el mágico instante. Por momentos se atraían de manera irrefrenable, a ratos uno orbitaba alrededor del otro, sin saber bien el momento en que aproximarse; en algunas ocasiones chocaban fragmentos desprendidos de sus esencias, dando lugar a instantes de una belleza difícilmente igualable. Llegaron los observadores en la etapa aditiva y, ante sus asombrados ojos, los protoplanetas no se absorbieron, todo lo contrario, parecían aguantarse la mirada, como si la existencia de uno fuera lo único que mantenía suspendido al otro en el vasto infinito; hasta que con arrojo se abalanzaron para crear un nuevo sistema solar. Les faltaba que su estrella regente acabara de encender para quedar más o menos libres, en sus órbitas, o morir en el cataclismo. Ninguno de los testigos acertó a reconocer lo que veían, aunque muchos lo sospechaban… amor, una danza, un cortejo, el teatro de la naturaleza ofreciéndonos una nueva representación.


Otra despedida

Publicado: 23 octubre, 2013 en Lo caminado, Microrelatos, Realidades
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A ojos de una calurosa tarde enmudeció el aeropuerto, latidos…sólo latidos se oían.


De los encuentros

Publicado: 20 septiembre, 2013 en Microrelatos, Realidades
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Al encontrarse se vieron tan iguales que creyeronse frente un espejo. Acicalaron sus almas, y cada uno siguió su camino. Uno seguiría buscando, el otro aguardaría esperando.


Reflejos

Publicado: 5 septiembre, 2013 en Microrelatos, Realidades
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Una mañana despertó con la sensación de no saber quién era, siquiera abrió los ojos cuando el desconcierto le abordó, permaneció sin mover musculo alguno hasta que a duras penas consiguió calzarse unas zapatillas que encontró junto a la cama y, vacilante, se irguió mientras examinaba la habitación donde se hallaba. El lugar le era familiar, sin embargo, no lo eran tanto las pinturas que adornaban las paredes o las pilas de discos que se acumulaban sobre el escritorio situado frente la cama. Como si obedeciera una sucesión de instrucciones programadas se dirigió al baño, de soslayo observó el espejo, abrió el grifo del lavabo, comprobó la temperatura del agua con los dedos y acto seguido la precipitó sobre su cara. Dejaba el agua correr sobre sus manos cuando de nuevo observó su imagen reflejada en el espejo, pero esta vez no pudo apartar la mirada, quedó inmovilizado, atrapado en la incomprensible visión, ese no era él, ¿quién era entonces? se preguntó. Alzó la mano, y acarició el cristal con la suavidad que rozan las nubes algunas cumbres. Pensó que posiblemente la luz del sol, que se colaba por la pequeña ventana situada a la izquierda del espejo, estuviera distorsionando su reflejo y pulsó el interruptor para encender el fluorescente. Observó de nuevo su imagen, pero seguía sin ser él. Cerró la ventana, volteó el espejo, usó como iluminación velas, dibujó sobre su figura un bigote y una melena rizada, pero seguía sin ser él. Corrió a otras habitaciones en busca de otros espejos, quizás sea la lente, se figuró; probó a mirarse en espejos planos, cóncavos, convexos, cuya imagen creada fuera virtual o real, desde distintos ángulos, con todo tipo de luces, y en ninguna ocasión pudo reconocerse. De manera que resolvió salir a la calle a observar a los demás, ¿quizás tampoco los reconozca a ellos, o quizás me puedan ayudar a comprender que me está pasando?, reflexionó. Paseó durante una hora por las callejuelas del barrio y no encontró a nadie que pudiera identificar, o, al menos, diferenciar su cara, así que optó por sentarse en un bar a tomar café. Mientras escuchaba atentamente las conversaciones de los que paseaban y de los que se encontraban en las mesas cercanas, encendió un cigarro, dio pequeños sorbos al vaporoso estimulante, durante unos instantes jugó con la colilla y el borde del cenicero, como si de un monopatín grindando se tratara, y tras unos minutos absorbiendo cada una de las palabras que junto a él se pronunciaban cayó en la cuenta de que aquellas personas tampoco podrían ayudarlo, pues hablaban de otros con la certeza de conocerlos por detalles tan someros como lo que alguien dijo una vez en la cola del super, las fotos que vieron en alguna red social o que lo encontraron tal día llegando a su casa a las claras del día. De forma que se levantó y volvió a pasear; caminó durante horas, desorientado, sin llegar a distinguir esquina o plaza alguna, se alejó de las luces de la ciudad hasta quedar bajo el amparo de la luna, se alejó del ruido, de las palabras que no dicen nada, se alejó de las personas, de los prejuicios, de las imágenes distorsionadas que le devolvían los espejos a los que se asomaba, se alejó del asfalto que a veces pareciera lodo, de las prisas por llegar a cualquier sitio, se alejó de lo que creía, de lo que se estimaba, se alejó de sus complejos, de los infundados miedos, de los barrotes que día a día reforzaba y le apresaban, se alejó, tanto que parecía acercarse, que empezó a encontrarse y, sin necesidad de mirarse en nada ni en nadie, al fin se reconoció.

Reflejos distorsionados


El coleccionista de historias

Publicado: 25 julio, 2013 en Microrelatos, Realidades
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Cuando se marchó, él decidió guardar todas las historias para el día que regresara. Poco a poco, él pasó a convertirse en otra historia.


Desgnosis

Publicado: 19 julio, 2013 en Microrelatos, Realidades
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Se creía extraordinario, se tenía por un genio. Aquella tarde ella le pidió que la hiciera feliz. Así descubrió que sí era un genio, pero de la lámpara, de esas que tienen la bombilla fundida, y no pueden hacer realidad los deseos.


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La llegada

Publicado: 9 julio, 2013 en Microrelatos, Realidades
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Somos dos tíos fuertes, ¿a que sí?” Repetía sin apartar la mirada. “Sabemos que nos espera un camino duro, difícil y peligroso, pero nos tendremos el uno al otro, lo conseguiremos.” La luz se intensificó. “Aunque no recordaremos nada sabremos que tenemos que hacer. Somos dos tíos fuertes, ¿a que sí?” Un llanto irrumpió en la sala y una voz grave dio la noticia. “Aquí tenéis a vuestros inquietos gemelos. Enhorabuena.

gemelos


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Una noche cualquiera

Publicado: 9 julio, 2013 en Microrelatos, Realidades
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No recuerdo que ocurrió antes de llegar a aquel punto de la noche. Asomaban tras los espigados bloques los primeros rayos de sol cuando me encontraba despidiéndome de mis compañeros de farra con la exaltación de la amistad y la efusividad propia del alcohol. Mis amigos se alejaron fantaseando sobre qué les dirían sus respectivas novias mientras yo permanecía, con cierta desazón, en la esquina de la calle contemplando como se marchaban unos y desalojaban los bares circundantes otros. A mi espalda sonó durante un brevísimo instante, el que tardó la puerta del local del que provenía en cerrarse, una melodía que atrajo súbitamente mi atención. Mi garganta sintió el alivio de la cerveza fría deslizarse como si de un acto premonitorio se tratara y, antes de siquiera pensar que hacer, mi cuerpo y su desmejorado equilibrio me posaron en la barra de aquel local con un viciado ímpetu. Las luces del garito palidecieron, la rancia atmósfera que me rodeaba ensombreció, serpenteaba un cabello hecho con los hilos del atardecer, capaz de eclipsar las tenues luces que iluminaban aquel tugurio, mientras unas manos revoloteaban a su compás ejerciendo sobre mí un enigmático embrujo; se deslizaban, suavemente, rozando una cara de piel rubicunda, perfilando curvas hasta posarse en una cadera que se contorneaba con tal sensualidad que rayaba la demencia. Tras su flequillo, la hipnótica figura, dejaba entrever unos finos ojos que, con cada vaivén de aquella danza, arponaban mi atención con su febril mirada. Doblegaba mi voluntad con una sonrisa que, pícaramente, dejaban escapar sus labios rosados, golpeaba mi entereza mellando mi timidez con cada sacudida de su cuerpo, y mis sentidos quedaron cautivos del embriagador erotismo que desprendía. Intenté calmar el ardor propinando tragos a la cerveza tibia que sujetaba, pero de nada sirvió. Ceñía el negro sus piernas, sus pies se deslizaban con elegancia, y la atractiva candidez del conjunto consiguió levantarme de sopetón para abalanzarme como un voraz felino hacia su presa. Me aproximé sin dudas, ofreciéndole mis brazos a modo de invitación, desgarré la neblina del pavor con los filos de la pasión, enmudeció el mundo… y procedente de la puerta junto a la que bailaba sonó correr el agua. Se abrió la puerta y otros brazos la rodearon, otro cuerpo al de ella acudió; reapareció la música, la feliz pareja salió del bar, recogí mi abrigo y no recuerdo, no llego a recordar…


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