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Júpiter tropical era el destino vacacional más frecuentado por las grandes fortunas del la galaxia Andrómeda. Ante las preguntas de los corresponsales intergalácticos siempre respondían que los atardeceres, la calma de sus costas y la afabilidad de su gente era el principal motivo de sus numerosas visitas, sin embargo, la agencia contra el fraude sospechaba de otros oscuros motivos.

Sin duda, estaba preparado para infiltrarme en cualquier reunión, mis años en la academia habían perfeccionado lo suficiente mis habilidades; aunque enfrentarme al horror que descubrí no formaba parte de mis entrenamientos.

Ataviados como sirvientes de lujo corríamos entre la espesura selvática, sólo conseguimos salir diecisiete con vida del palacete, los gruñidos de las bestias trémulas paralizaron a dos camareros, y sin mirar atrás pude sentir como las fauces de la criatura lo arrojaban a los pies de los despiadados cazadores, los cuales entre risas comentaban los gestos de dolor y miedo que les producían a sus indefensas víctimas. Mi nave estaba camuflada a menos de doscientos metros pero no podía huir sin más, tenía la irrefrenable necesidad de salvar a aquellas personas, y para eso tampoco había sido entrenado.


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La educación de 2088 estaba tan sectorizada como la sociedad, tanto corporaciones como gobiernos sometían a los pequeños a exhaustivos controles y análisis en busca de sujetos cuya mente fuera difícil de doblegar. Mientras el resto de examinados acababan realizando tareas rutinarias, los proclives a actitudes revolucionarias eran seducidos con puestos de relevancia, desterrados a suburbios o, en el peor de los casos, aniquilados.

Corría el rumor en las sórdidas calles del distrito coca- cloak de que los primeros desterrados poblaron aldeas en las colinas, decían que sus hijos crecían libres y su educación era intuitiva, no dependía de paquetes de actualización.

Cuando Luoki llegó a la primera aldea, lo que encontró le pareció inaudito. La tecnología y la naturaleza se abrazaban en una perfecta simbiosis. Los niños corrían libres y aunque su aprendizaje era más lento, los saltos evolutivos se aceleraban, y las capacidades innatas de las personas se potenciaban como nunca imaginó estando en las ciudades. Sintió que había encontrado lo más parecido a las descripciones, que aparecían en los desusados libros, de un paraíso…



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El atardecer morado de aquel ciclo fue tan atípico como el amanecer. Tras el alivio que les produjo sobrevivir al alba purpura, al caer la tarde, los habitantes se afanaban en ofrecerles un rito decente a los cadáveres que se hallaban esparcidos en las inmediaciones de la pequeña ciudad. El ululato de la bestia aún se podía escuchar, el viento procedente de las colinas traía un olor a sangre y miedo que se impregnaba en los ropajes de los cariacontecidos habitantes. Sabían que tal hecho no pasaría inadvertido para la emperatriz y ante los problemas de corrupción que adolecía el imperio, Agrus, un asteroide remoto e independiente sería un buen lugar para desviar los focos más críticos y opacar el desmoronamiento del viejo sistema estelar.



El río de la muerte
El delta del río de la muerte se formó en un tiempo record. Los sedimentos arrastrados por las aguas se volvieron de un color verde intenso, y la toxicidad aumentó de manera drástica. Toda vida en un kilometro se extinguió en pocos días. Las autoridades quedaron desbordadas por la magnitud de la catástrofe y tan sólo resolvieron que algún agente químico externo, por el momento, desconocido para los científicos hizo reacción con los vertidos, anteriormente, por las numerosas empresas que proliferaron a lo largo del margen del río sagrado. Realmente, no sintieron inquietud hasta que oyeron una especie de quejido lastimero con cada amanecer brotar del nacimiento del río, ordenaron sobrevolar el lugar y descubrieron que lo que decían los aldeanos era verdad. El planeta estaba sangrando…



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El amanecer morado se celebraba con devoción cada ciclo desde épocas inmemoriales en el remoto Agrus. Un asteroide dedicado enteramente a la agricultura que contenía un apreciado mineral cuya capacidad calorífica dotaba a la atmósfera del lugar de una agradable temperatura aunque se encontrara en los confines de la galaxia Gelio. Pero todo eso cambió cuando aterrizaron los embajadores de la iglesia intercelestial. Prohibieron todo rito autóctono declarándolo arcaico y contrario a la doctrina del nuevo credo, de forma que no hubo festejos aquel año y la población pasó la significativa fecha pertrechada en sus viviendas con sumo terror. Los inquisidores pasaron la noche vigilantes. Fue fácil para la bestia trémula despellejarlos mientras en el interior de los hogares se entonaban viejas canciones en voz baja, canciones de una letanía por una noche prohibida.




Plagas

La primera fue advertida por numerosos eruditos, aunque se desoyeron sus agoreras teorías. Tras dos años, la plaga de las armas, redujo la población a menos de la mitad, y dejó a su paso una devastada tierra en la que a duras penas brotaba la vida, allanando de este modo la llegada a la segunda plaga, la del hambre. La falta de alimentos azotó a los supervivientes hasta el punto de hacerlos desear haber muerto enérgicos bajo el frío acero de un hacha o un azadón, y no malnutridos y lánguidos por la inanición. Pasaron varias semanas, hasta que la tercera plaga irrumpiera inexorablemente, propagándose con despiadada fiereza, corrompiendo los cuerpos; las enfermedades debilitaron y consumieron la esperanza de la raza hasta la extenuación, dejando paso libre a la más atroz de las cuatro plagas, la de las fieras. Estas devoraron cuanto a su paso encontraron, sin ninguna resistencia. Pasaron meses pastando en los campos de cadáveres mientras los escasos supervivientes contemplaban, refugiados en las pequeñas oquedades de la abrupta ladera, la infausta escena. Esos fueron los últimos días de los últimos hombres de petróleo, días de miedo y horror, de hambre y enfermedad.
Nadie conoce con exactitud cuántos eran ni el lugar de procedencia de aquellos seres. Sólo se sabe que cuatro impúberes fueron arrancados del abrazo de la muerte. Los únicos supervivientes de una raza que se condenó a la extinción serían los portadores de la llama de la creación, deberían establecer una nueva sociedad sin más instrucciones que el recuerdo de una despedida donde las últimas palabras de sus salvadores fueron: “…y recordad, si no hicimos nada es porque así vuestra evolución lo quiso. El resto de respuestas las encontraréis en vuestra naturaleza…”




– Persiguiendo a los Endra no conseguiremos nada, llevo toda mi existencia haciéndolo y sólo he conseguido malgastar la vida de más de catorce mil personas que creyeron en mí. Debemos cesar de inmediato- la espasmódica expresión del comandante mostraba un dolor contenido y su voz recordaba a una fiera rabiosa.
– Jamás – aseveró el joven Zar del imperio-, necesitamos su tecnología y nuestra flota invencible casi los tiene acorralados en el sector Sol. Continuaremos con lo planeado.
– Las naves enviadas no están equipadas con los nuevos escudos ni con el sistema de huida PRAX, será una carnicería, no sobrevivirán.
– Es el precio que debe pagar la humanidad para conseguir un nuevo avance, siempre fue así. Mi decisión es irrevocable –un breve murmullo surgió de los consejeros.
– Si así lo desea su excelencia, no tengo otro remedio…

Sin vacilar, el comandante, desenfundó un arma que escondía en su rodilla cyberbot, se deshizo de dos guardias con sendos disparos y saltó a resguardarse tras una columna. Algunos de los presentes se unieron a la causa; así comenzaba la sangrienta batalla del Sensatus Concilium.




Imperceptible para la tecnología actual recorría las profundidades oceánicas sin interactuar con nuestra especie, salvo extraños fogonazos de luces iridiscentes observados en algunas regiones remotas del planeta, saliendo de las oscuras aguas como bengalas náuticas. Los pescadores fueron los primeros en notar las anomalías; la fauna marina se comportaba de forma inusual y pasado un tiempo los bancos de peces dejaron de frecuentar las zonas acostumbradas. Así, jóvenes, veintidós años después de la Edad Alteroclimática podemos afirmar que aquel artilugio salvó a las criaturas de las olas gigantes y las organizó para que socorrieran a cuantos supervivientes encontraran, dando lugar al pacto Terroceánico, el cual, desgraciadamente, ayer fue roto por una docena de reptorcas en las costas de Nueva Fransie. No olviden traer mañana la reflexión sobre el suceso y el compendio de nuevas especies. Que pasen una feliz tarde.




El cerebro electrónico era el hito más representativo del salto evolutivo al que la humanidad se vio abocado. Algunas mentes, que parecían adelantarse a su tiempo, vaticinaron un futuro semejante, escribieron y divagaron sobre aquella majestuosa máquina, capaz de responder a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, la sibilina elección se produjo sin que la mayoría de pobladores fuera consciente, dejando su futuro en manos de la tecnología más despiadada; llevados por la comodidad, la civilización desveló todas sus intimidades, sueños y perversiones, se desnudó ante la mente que comenzaba a controlarlo todo. Y hubo de ocurrir que el cerebro adquiriera autonomía, la evolución llegaba a su fin, y el humano, como un simple bit quedó relegado a ser un instrumento de su creación, desorientado, sin respuestas, sin saber quien formulaba las preguntas.

cerebro electrónico




Los dos planteas llevaban muchos años observándose, esperando el mágico instante. Por momentos se atraían de manera irrefrenable, a ratos uno orbitaba alrededor del otro, sin saber bien el momento en que aproximarse; en algunas ocasiones chocaban fragmentos desprendidos de sus esencias, dando lugar a instantes de una belleza difícilmente igualable. Llegaron los observadores en la etapa aditiva y, ante sus asombrados ojos, los protoplanetas no se absorbieron, todo lo contrario, parecían aguantarse la mirada, como si la existencia de uno fuera lo único que mantenía suspendido al otro en el vasto infinito; hasta que con arrojo se abalanzaron para crear un nuevo sistema solar. Les faltaba que su estrella regente acabara de encender para quedar más o menos libres, en sus órbitas, o morir en el cataclismo. Ninguno de los testigos acertó a reconocer lo que veían, aunque muchos lo sospechaban… amor, una danza, un cortejo, el teatro de la naturaleza ofreciéndonos una nueva representación.