Archivos de la categoría ‘Microrelatos’

SOBRE LA TINTA

Publicado: 12 marzo, 2017 en Microrelatos

La cronometría del alma


Podía ser escudo o espada
Pudo ser tatuaje
Fue refugio o abrigo del alma
Es loco carruaje.

Red para cazar sueños
Pañuelo para llanto
Terapia para cuerdos
Y asustar al espanto.

Libertad para el loco
Que no cesa su búsqueda.

Provocadora de los temblores
Dulce medicina
Sosiego del anhelo de amores
Risa en lluvia fina.

Amante de la música
Vestido de domingo
Abismo de la mística
Razón de lo distinto

Libertad para el loco
Que no cesa su búsqueda.


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Niño en vigilia

Publicado: 11 marzo, 2017 en Lo caminado, Microrelatos, Realidades

Aquella noche le costó conciliar el sueño, y las siguientes, en un tiempo no serian mejores. La quietud tras el crepúsculo se habría convertido en su refugio, en ella podía aislarse totalmente del ruido y centrarse en sus pensamientos. Aquel estado había embriagado sus sentidos hasta tal punto que a duras penas podía reconocerse. Nada de lo que en él veía era siquiera una leve reminiscencia de sus anhelos. Pero en la frialdad de su habitáculo, al abrigo de la oscuridad se dio lugar el mágico reencuentro.

De súbito el olvidado sonido comenzó a resonar en su mente. Su cuerpo yacía inmóvil sobre la cama y sus extremidades permanecían rígidas como maderos de féretro mientras una música capaz de apaciguar el ánimo retumbaba en la habitación. Era esa voz que tanto había intentado acallar desde la fatídica ruptura con él mismo, la cual le recordaba quien era y aparecía cuando estaba en comunión con su cuerpo, mente y espíritu. Por alguna razón aquella noche volvió a resurgir con estrepitosa elocuencia y como si de una desfragmentación de un disco duro ordenó cada uno de los pensamientos dándole a cada uno de estos su lugar e importancia. Tras la repentina irrupción cualquier indicio de ansiedad o nerviosismo fue erradicado de forma que un estado de sosiego y serenidad se apoderó del cuerpo que hacia escasos segundos parecía una yacija, un leve rasguño en la realidad esperando dar el último suspiro.

A menudo no conseguía la aprobación de quién más ansiaba, y eso le hizo buscarla en espejos de dudosa fiabilidad. Sabía perfectamente que no había nada más importante que valorarse uno mismo; y aunque no le resultaba fácil, lo intentaba, y la mayoría de los días lo lograba. Sin embargo, cuando se ven envueltos sentimientos como la amistad o el amor todo se puede volver más complicado. La desaprobación de lo que sentía una parte esencial en su vida estaba consumiendo paulatinamente sus energías y de forma inconsciente empezó a robarlas, para suplirlas, de donde nunca debería. Así fue como acabó aislándose de la vida, como un coche sin combustible que se aparta para no entorpecer.

Despertaba cada día junto a alguien por quien moriría, eso le hacía sentir bien, pero el sentimiento que compartían no era lo bastante fuerte como para cicatrizar las heridas que ambos sufrían. Estaban mustios de amor los árboles que se daban sombra, pues sabían que así nunca crecerían, que se marchitarían mientras el veneno consumía sus, hasta hace poco, frondosas hojas; eran conscientes que aquella simbiosis con alguno de los dos acabaría.

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De modo que se recluyó en el más oscuro de los inviernos para poder afrontar la tormenta de reproches y desprecios. Pasó las noches deseando ser cualquier otra persona, volviendo a fantasear con los más lúgubres y funestos pensamientos, lanzando al vacío su cordura para precipitarse tras ella, recobrarla, y de nuevo volverla a lanzar viendo como describía una parábola diferente a través de recuerdos y sentimientos hasta caer en la desolación de la impotencia que produce la imposibilidad de alcanzar un sueño. Por suerte una de las noches y tras arrojar su mente por enésima vez al desolador abismo de su autoproclamada culpabilidad escuchó algo semejante al eco, o más bien parecido a una casi extinta voz que se apagaba debido al ruido proveniente del exterior. Fue un sonido suave al principio, casi imperceptible, a duras penas entendía lo que decía, pero pasado un breve tiempo pudo entender algo parecido a “liberame”.

Ya había pasado por circunstancias similares, y aunque para muchos ahogar las penas en humo y alcohol seguía funcionando, para él aquel método solo producía una breve anestesia y amnesia temporal que desembocaba en las más dolorosa de las resacas, el remordimiento y la culpabilidad. Por suerte la voz que retumbaba en su cabeza adquiría vigor a medida que los estados de trance se sucedían con mayor frecuencia y la comunión con su consciencia aumentaba, dándole visibilidad a una coherencia entre actos y pensamientos que ya no acostumbraba. Cada vez estaba más cerca de volver a sentir la plenitud que confiere la libertad de izar sus propias banderas, de soñar con encuentros donde ya el temor al rechazo no interfiriera. Estaba decidido, volvía a escucharla con extrema claridad, era la voz de su niño interior, y esta vez no dejaría que se fuera.

Lejania III

Publicado: 10 marzo, 2017 en Microrelatos

Pasa tan lento el tiempo en la ausencia que uno parece estar ajeno a todo, cuando sientes que un vinculo se deshace los segundos parecen latigazos en la espalda. Nada alivia la agonía, te laceras y sientes que nada cauteriza las heridas.

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Bristol Blur

Publicado: 23 febrero, 2017 en Circus-estancias, Microrelatos, Realidades

Así pasaban los días, borrosos, deambulando en la difuminada linea de la desolación que sentía tras un ostracismo inmerecido y el amor propio que afloraba gracias al orgullo contenido. Sin embargo, aquella mañana el sol arañaba levemente la ventana, lo cual en su país era bastante inusual, y ese cotidiano hecho le transportó a una edad donde disfrutaba persiguiendo motas de polvo a contraluz. – esto era algo cotidiano en él, a menudo se sorprendía absorto contemplando cualquier suceso trivial, para muchos ojos, mientras su mente divagaba entre pensamientos más transcendentales- Tras despertar del frugaz trance decidió que aquella mañana no usaría los pantalones color apatía que tanto se ceñían a su carácter, ni tampoco la camiseta de mangas desidia que hacian juego con las zapatillas rojas estilo melancolía que solía vestir en los últimos años.

En el exterior el viento y el sol seguían turnándose para zarandear o acariciar las ramas de los árboles, y algo parecido sucedía en el interior, a ratos un calor que emanaba de su pecho y a ratos un viento que le empujaba hacia delante mantenían a un cuerpo, hasta ahora, en semiletargo en continuo movimiento, imbuido por la curiosidad y energía que acompaña a un niño; comenzaba un nuevo camino alejado de temores infundidos y borrosos días donde la desaprobación como una bruma que impide ver más allá de los propios pies se expandía por la habitación. Más que nunca sabía que sólo su sombra podría seguir sus pasos cuando de nuevo comenzase a bailar al son del sol y el viento.

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Júpiter tropical era el destino vacacional más frecuentado por las grandes fortunas del la galaxia Andrómeda. Ante las preguntas de los corresponsales intergalácticos siempre respondían que los atardeceres, la calma de sus costas y la afabilidad de su gente era el principal motivo de sus numerosas visitas, sin embargo, la agencia contra el fraude sospechaba de otros oscuros motivos.

Sin duda, estaba preparado para infiltrarme en cualquier reunión, mis años en la academia habían perfeccionado lo suficiente mis habilidades; aunque enfrentarme al horror que descubrí no formaba parte de mis entrenamientos.

Ataviados como sirvientes de lujo corríamos entre la espesura selvática, sólo conseguimos salir diecisiete con vida del palacete, los gruñidos de las bestias trémulas paralizaron a dos camareros, y sin mirar atrás pude sentir como las fauces de la criatura lo arrojaban a los pies de los despiadados cazadores, los cuales entre risas comentaban los gestos de dolor y miedo que les producían a sus indefensas víctimas. Mi nave estaba camuflada a menos de doscientos metros pero no podía huir sin más, tenía la irrefrenable necesidad de salvar a aquellas personas, y para eso tampoco había sido entrenado.



DIBUJO-CIENCIA-FICCIÓN

La educación de 2088 estaba tan sectorizada como la sociedad, tanto corporaciones como gobiernos sometían a los pequeños a exhaustivos controles y análisis en busca de sujetos cuya mente fuera difícil de doblegar. Mientras el resto de examinados acababan realizando tareas rutinarias, los proclives a actitudes revolucionarias eran seducidos con puestos de relevancia, desterrados a suburbios o, en el peor de los casos, aniquilados.

Corría el rumor en las sórdidas calles del distrito coca- cloak de que los primeros desterrados poblaron aldeas en las colinas, decían que sus hijos crecían libres y su educación era intuitiva, no dependía de paquetes de actualización.

Cuando Luoki llegó a la primera aldea, lo que encontró le pareció inaudito. La tecnología y la naturaleza se abrazaban en una perfecta simbiosis. Los niños corrían libres y aunque su aprendizaje era más lento, los saltos evolutivos se aceleraban, y las capacidades innatas de las personas se potenciaban como nunca imaginó estando en las ciudades. Sintió que había encontrado lo más parecido a las descripciones, que aparecían en los desusados libros, de un paraíso…



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El atardecer morado de aquel ciclo fue tan atípico como el amanecer. Tras el alivio que les produjo sobrevivir al alba purpura, al caer la tarde, los habitantes se afanaban en ofrecerles un rito decente a los cadáveres que se hallaban esparcidos en las inmediaciones de la pequeña ciudad. El ululato de la bestia aún se podía escuchar, el viento procedente de las colinas traía un olor a sangre y miedo que se impregnaba en los ropajes de los cariacontecidos habitantes. Sabían que tal hecho no pasaría inadvertido para la emperatriz y ante los problemas de corrupción que adolecía el imperio, Agrus, un asteroide remoto e independiente sería un buen lugar para desviar los focos más críticos y opacar el desmoronamiento del viejo sistema estelar.



El río de la muerte
El delta del río de la muerte se formó en un tiempo record. Los sedimentos arrastrados por las aguas se volvieron de un color verde intenso, y la toxicidad aumentó de manera drástica. Toda vida en un kilometro se extinguió en pocos días. Las autoridades quedaron desbordadas por la magnitud de la catástrofe y tan sólo resolvieron que algún agente químico externo, por el momento, desconocido para los científicos hizo reacción con los vertidos, anteriormente, por las numerosas empresas que proliferaron a lo largo del margen del río sagrado. Realmente, no sintieron inquietud hasta que oyeron una especie de quejido lastimero con cada amanecer brotar del nacimiento del río, ordenaron sobrevolar el lugar y descubrieron que lo que decían los aldeanos era verdad. El planeta estaba sangrando…



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El amanecer morado se celebraba con devoción cada ciclo desde épocas inmemoriales en el remoto Agrus. Un asteroide dedicado enteramente a la agricultura que contenía un apreciado mineral cuya capacidad calorífica dotaba a la atmósfera del lugar de una agradable temperatura aunque se encontrara en los confines de la galaxia Gelio. Pero todo eso cambió cuando aterrizaron los embajadores de la iglesia intercelestial. Prohibieron todo rito autóctono declarándolo arcaico y contrario a la doctrina del nuevo credo, de forma que no hubo festejos aquel año y la población pasó la significativa fecha pertrechada en sus viviendas con sumo terror. Los inquisidores pasaron la noche vigilantes. Fue fácil para la bestia trémula despellejarlos mientras en el interior de los hogares se entonaban viejas canciones en voz baja, canciones de una letanía por una noche prohibida.




Plagas

La primera fue advertida por numerosos eruditos, aunque se desoyeron sus agoreras teorías. Tras dos años, la plaga de las armas, redujo la población a menos de la mitad, y dejó a su paso una devastada tierra en la que a duras penas brotaba la vida, allanando de este modo la llegada a la segunda plaga, la del hambre. La falta de alimentos azotó a los supervivientes hasta el punto de hacerlos desear haber muerto enérgicos bajo el frío acero de un hacha o un azadón, y no malnutridos y lánguidos por la inanición. Pasaron varias semanas, hasta que la tercera plaga irrumpiera inexorablemente, propagándose con despiadada fiereza, corrompiendo los cuerpos; las enfermedades debilitaron y consumieron la esperanza de la raza hasta la extenuación, dejando paso libre a la más atroz de las cuatro plagas, la de las fieras. Estas devoraron cuanto a su paso encontraron, sin ninguna resistencia. Pasaron meses pastando en los campos de cadáveres mientras los escasos supervivientes contemplaban, refugiados en las pequeñas oquedades de la abrupta ladera, la infausta escena. Esos fueron los últimos días de los últimos hombres de petróleo, días de miedo y horror, de hambre y enfermedad.
Nadie conoce con exactitud cuántos eran ni el lugar de procedencia de aquellos seres. Sólo se sabe que cuatro impúberes fueron arrancados del abrazo de la muerte. Los únicos supervivientes de una raza que se condenó a la extinción serían los portadores de la llama de la creación, deberían establecer una nueva sociedad sin más instrucciones que el recuerdo de una despedida donde las últimas palabras de sus salvadores fueron: “…y recordad, si no hicimos nada es porque así vuestra evolución lo quiso. El resto de respuestas las encontraréis en vuestra naturaleza…”