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Bristol Blur

Publicado: 23 febrero, 2017 en Circus-estancias, Microrelatos, Realidades

Así pasaban los días, borrosos, deambulando en la difuminada linea de la desolación que sentía tras un ostracismo inmerecido y el amor propio que afloraba gracias al orgullo contenido. Sin embargo, aquella mañana el sol arañaba levemente la ventana, lo cual en su país era bastante inusual, y ese cotidiano hecho le transportó a una edad donde disfrutaba persiguiendo motas de polvo a contraluz. – esto era algo cotidiano en él, a menudo se sorprendía absorto contemplando cualquier suceso trivial, para muchos ojos, mientras su mente divagaba entre pensamientos más transcendentales- Tras despertar del frugaz trance decidió que aquella mañana no usaría los pantalones color apatía que tanto se ceñían a su carácter, ni tampoco la camiseta de mangas desidia que hacian juego con las zapatillas rojas estilo melancolía que solía vestir en los últimos años.

En el exterior el viento y el sol seguían turnándose para zarandear o acariciar las ramas de los árboles, y algo parecido sucedía en el interior, a ratos un calor que emanaba de su pecho y a ratos un viento que le empujaba hacia delante mantenían a un cuerpo, hasta ahora, en semiletargo en continuo movimiento, imbuido por la curiosidad y energía que acompaña a un niño; comenzaba un nuevo camino alejado de temores infundidos y borrosos días donde la desaprobación como una bruma que impide ver más allá de los propios pies se expandía por la habitación. Más que nunca sabía que sólo su sombra podría seguir sus pasos cuando de nuevo comenzase a bailar al son del sol y el viento.

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Convivimos día a día con la mala praxis del enchufismo, la omnipresente corrupción y la perniciosa impresión de que tan sólo quien engaña es inteligente, un mal endémico que se extiende a todas las sociedades democráticas actuales. Naufragamos en un lago artificial que la propia civilización se encargó de anegar con su condescendiente pasividad ante la encarnizada desestructuración del estado de bienestar, cuyas comodidades otrora nos embelesaban y servían como bálsamo ante el resto de sinsentidos. En estos momentos, cansados ya del todo tiene un precio, y lo que menos vale son las personas, parece que la voz que reclama es un enemigo al que reprimir y contener, pero sobre todo al que ocultar y acallar. Vagamos sin rumbo entre las ominosas manos de chantajeados dirigentes y amorales especuladores, como una bola a merced de un trilero, y en tal situación es fácil aprovechar la desesperación ciudadana para conseguir que un mensaje tan peligroso como el xenófobo tenga un calado y una nefasta repercusión social. Somos testigos de una maquiavélica campaña de descrédito contra todos, menos contra los culpables de la situación actual. Oía, pocos días ha, en una tertulia que los mercados intentaban desprestigiar a los políticos para así conseguir que el pueblo dejara de tener confianza en su herramienta para hacer política. Tal chiste ni en el club de la comedia se les hubiera ocurrido, ellos mismos han mancillado su casta, haciendo caso omiso a la voz del pueblo, alzando sus cuellos para escuchar sólo la voz de su amo, el dinero. Bajo el consentimiento de todo el elenco de parásitos sociales que componen los dirigentes de empresas y partidos políticos se ha producido una sistemática expoliación de países, con ayuda de sus mandatarios, por supuesto, y tras obligar a millones de persona a abandonar su tierra, por no esperar un futuro digno en ellas, pretenden que nos enfrentemos unos a otros, achacando la culpa de la falta de trabajo a los que vinieron en busca de una vida mejor, como si ello fuera un delito. Juegan una partida de ajedrez, y nosotros somos los peones, únicamente se nos permite caminar en una dirección mientras ellos enrocan, usan sesudas estrategias para dar jaque a nuestra capacidad de decisión y juicio, enturbiando la verdad con su incesante demagogia y sus consignas populistas con tal de seguir confundiendo a los que no se atreven a abrir las puertas de la desoladora realidad.

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Para las sanguijuelas de maletín y corbata, trabajo significa calentar la silla de un buen restaurante, rodeado de sus colegas, urdiendo artimañas para evadir sus obligaciones fiscales y maquinando la forma de asestar otro bocado al suculento pastel de lo público, o inventando nuevos eslóganes y eufemismos con los que confundir a los necios oídos que aún se acercan a escuchar sus fábulas. Por suerte, para la mayoría de pobladores de este circense país, trabajo sigue significando el desarrollo de una actividad que dignifica a la persona y mediante la cual podemos vivir sin tener que ocasionar ningún mal a otro para satisfacer nuestras necesidades más básicas.




Principio básico de la agricultura: No pueden crecer brotes verdes mientras no se hayan retirado previamente las malas hierbas que obstruyen la necesaria labor que ejerce el sol sobre las nuevas semillas. Personajes que no saben gestionar un pequeño huerto por si solos y necesitan de jardineros profesionales para ser asesorados, o peor aún, para delegar el trabajo en otros, mientras ellos pasean por sus majestuosas viviendas unifamiliares exigiendo a sus empleados que las flores se muestren llenas de vida, para luego alardear de sus grandes capacidades para oficiar dicha responsabilidad, colman el día a día con expresiones que bien se les podrían atribuir a los delirios de un enfermo terminal o a un inepto inconsciente incapaz de discernir la realidad que le rodea. Supongo que la percepción distorsionada que otorga observar los hechos desde dentro de las paredes del invernadero, que conforman la descreída casta política y su camaradería, tiene estas consecuencias, por desgracia son otros los que sufren el chaparrón en el exterior mientras siguen buscando indicios de las nuevas simientes a la par que maldicen a aquellos que bloquean los esperanzadores rayos de luz con su torpe obrar cotidiano.




Cada vez que tocamos fondo se hace inevitable sentirnos atropellados por una sucesión de cuestiones existenciales tales como ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? o ¿quién soy?, Pues por increíble que parezca, la ciencia puede estar cerca de subir un escalafón en lo referente a una de tales preguntas que, en épocas remotas, tan sólo pertenecían a la incumbencia de filósofos. Debido a que entre una improbable panspermia y un insuficiente darwinismo la ciencia ortodoxa y la heterodoxa divagan sin tener más nexos que la seguridad de que la providencia divina, por bucólica y atractiva que parezca, no resuelve el galimatías con sus mitos y leyendas, ni tampoco lo aclara la, tan aclamada, en sus días, sopa primigenia, siendo esta tan inerte en sus conclusiones como los elementos químicos que la componen, la atávica historia se abre paso a través de miles de años de oscurantismo cultural para volver a ser descifrada, esta vez, sin estar sujeta a la perniciosa iglesia, entre otros poderes; siendo foco de especial atención para investigadores y científicos la pluralidad de ancestrales imperios y civilizaciones tribales que manifiestan a través de su legado la presencia de seres provenientes de las estrellas, con naves que, aún hoy día, escapan a la desnutrida imaginación humana. Ante sorprendente posicionamiento de la mayoría de la casposa y escéptica ciencia, sobresale de igual manera el guiño que el concilio papal hace sobre dicho tema, reconociendo que posiblemente existan otros hijos de Dios fuera de nuestra atmósfera, incluso argumentando que el propio Papa ha podido contactar con ellos. Entonces me formulo la siguiente pregunta: ¿si no hay dioses que escriban nuestro designio, si la evolución tan sólo puede explicar ciertas modificaciones en una vida ya presente en miles de años pasados y ni tan siquiera forzando la ímproba casualidad somos capaces de crear algo tan enigmáticamente perfecto como la ingeniería genética del ADN, quiénes mierda se creen los dirigentes y líderes de los diversos poderes mundiales para decirme hacia dónde debo ir? Desgraciadamente no tengo respuesta a esta pregunta, pero sí a la que al principio formulaba, ¿quién soy?, pues, simplemente, en estos momentos, soy quién no desea que personas cuyo único interés es su ombligo, hagan de la ciudadanía su particular rebaño, abocando a las sociedades a un devastador futuro en favor de su necesidad de seguir dominando mayor cantidad de recursos. Soy quién ante la mascarada que se nos ofrece pretende seguir eligiendo, desmereciendo a quién pretende engañarnos, informándose para combatir el alud de mentiras y eslóganes de quita y pon que abanderan. Soy quién pretende seguir soñando, quién tiene la certeza de que la realidad se puede moldear desde la ilusión y el obrar, quién no sucumbe a sus abominables planes sin antes intentar sacudir cuantas conciencias estén a su alcance.


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Publicado: 26 julio, 2013 en Circus-estancias
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Hay terrores tan desoladores y dolores tan destructivos que no hay condolencias ni sentimientos que abarquen el sufrimiento que provocan. Son muchos los que quieren una foto colgando medallas a los que, seguramente, no podrán borrar jamás la visión de la cruel tragedia. Valientes, héroes de vocación, verán eclipsada su hazaña por las corbatas y trajes (gran uniforme para la ocasión) de los buitres de la imagen. Quienes escucharon el grito ahogado de un pueblo, de una ciudad o de un país tienen la certeza de que no hay música en el paraíso, para otros el desfile ha comenzado.




El cambio necesario deja atrás a muchas sanguijuelas que se aferran a la idea del beneficio propio gracias al sacrificio colectivo. La esclavitud se ha refinado, al punto de que ahora los látigos se hacen llamar tasas o baremos de calidad, los verdugos son seres omnipresentes que denominan mercados financieros o empresas de calificación. Al sistema que lo sustenta lo enaltecen como dios incuestionable, al que se le debe ciega fe, catalogando de hereje antisistema o anarquista a todo aquel que ose meter los dedos en las llagas que las miserias de la monecracia actual deja a su paso. Ahora tenemos una nueva identidad común y global, ¿somos españoles, italianos, griegos…? Más bien diría que simplemente somos productores, los cuales ante la falta de algo que producir se convierten en meras herramientas innecesarias relegadas a un cajón a la espera de que la herrumbre haga su efecto; un gasto de mantenimiento que no es rentable afrontar. Gozábamos de salud, pero dejó de ser rentable, gozábamos de educación, pero también les dejó de ser rentable, quien pasó la vida produciendo para ellos gozaba de un sosegado retiro, pero, ¿adivináis qué?, dejó de ser rentable.
Como diría mi profesor de diédrico: si en un plano horizontal tenemos la edad media y lo abatimos, ¿Qué resultaría en el plano vertical? Joder, la verdad es que nunca tuve ni zorra idea de diédrico, pero estoy seguro de que se parecería mucho a la edad moderna, pues tenemos una minoría de personajes que se enriquecen a costa del trabajo y sacrificio de los demás, mientras la gran mayoría intenta trabajar por un techo y comida, bueno, también es cierto que tenemos algunas comodidades, algunos pueden permitirse un carruaje con muchos caballos o viajar largas distancias sin necesidad de soportar las inclemencias del tiempo y las ampollas en los pies, pero la base de la sociedad se me antoja tenebrosamente parecida.




Un apacible despertar da paso a un indigesto desayuno compuesto por café, buñuelos y malas noticias, todo ello aderezado con un extenuante calor capaz de erradicar al más resistente de los extremófilos. De repente me sorprendo acuciado por un pasajero síndrome de Tourette profiriendo todo tipo de oprobios e improperios contra los tricocéfalos de chaqueta y corbata que parasitan en los intestinos de nuestra sociedad. Punzantes miradas de extranjeros y locales se abalanzan sobre mí mientras alzo mi cabeza y pienso: ¡Y qué coño esperabais! ¡Qué coño miráis!


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Se hace inminente la necesidad de una cohesión social que pueda derrocar al injusto sistema que subyuga a quién puede y elimina a quién dejarse esclavizar no quiere. Mineros, profesores, funcionarios, estudiantes, familias sin recursos, inmigrantes, jóvenes sin presente, niños sin futuro… muestran claramente la disgregación cívica a la que nos hemos visto sometidos a lo largo de los años. Ahora, y como siempre, ante nuestra desviada mirada, confabulan buitres, faltos de valores, deseosos de asestar un nuevo golpe a lo humano y así poderse alimentar de las miserias y odios que a través de su proceder generan. No es necesario ser economista, sociólogo o experto en política para advertir el impacto que tiene y tendrá sobre la sociedad la forma de gestionar los recursos por parte de las corporaciones, que usan los males ajenos para lucrarse. Se encenderá la mecha de la desesperación colectiva y es entonces cuando ya nada podrá parar el caos. Eso sí, al menos, seguro que intentarán salvar a los bancos.

Rescate-bancos



Inculcan el miedo a perder la fútil comodidad y seguridad los mismos que arman a desalmados para atentar contra la sociedad. En el juego del hacer y esconder, un pueblo con educación y ávido de la necesidad de manejar su designio es una amenaza constante para los ególatras que manejan los cada vez más mermados recursos del planeta, de manera que la estrategia del miedo es la forma con la que pretenden mantenernos encorsetados, a la espera que nuestra voz se diluya, esperando que su maquiavélico sistema elimine a los débiles, o mejor dicho, a los que su régimen dejó fuera hace tiempo o consiguió engañar para exprimirlos hasta ser innecesarios. En la altiva cultura de la ambición y de estar por encima de los demás para sentirse bien nadan los dirigentes de empresas, capitales financieros y gobiernos que poco tienen que ver con las personas que dicen proteger o representar; cegados de poder dejan nuestro futuro a merced de su hedónico juicio mientras se esfuerzan en llenar sus bolsillos para perpetuar su deplorable condición. Tristemente es más importante no perder puntos en bolsa que perder vidas, posiblemente nuestro juicio y visión del mundo esté ya demasiado contaminado por sus controvertidas y ambiguas ideas, valores e –ismos, afortunadamente siempre podremos hacer un ejercicio de reflexión e intentar mirar el mundo a través de los ojos de un niño, seguramente nos espantaría dicha visión si lo sintiésemos como ellos, pero posiblemente la rabia nos llevaría a volver a gritar y a actuar.