Creando agujeros negros, los despiadados Blackerasers sembraban el pánico en sistemas estelares cuya tecnología no supusiera un peligro para sus planes coloniales. Coaccionados por la amenaza de ser engullidos por aquella negrura tubular los pobladores de los planetas accedían a ser despojados de su descendencia más joven, a la espera de una salvación que nunca llegaba. Los pequeños supervivientes no debían sobrepasar cierta edad para evitar que conservaran recuerdos de sus vidas o planetas natales, así la conversión resultaba más efectiva.
En aquella ocasión, la débil insurrección pudo lanzar cápsulas con información sobre los mundos que desaparecerían, consiguió tatuar a un escaso número de bebés antes de que fueran trasladados y, con la esperanza de que algún día llaves y arcas se encontraran, sus vidas se disiparon junto con su galaxia y los soles que en ella relucían.


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