Aunque habitar en una docena de pueblos puede que, para muchos ojos, se muestre como un síntoma de desarraigo, recorriendo valles, montes y lagos de una tierra que no dejaban de sorprenderme descubrí maravillosos rincones que a cualquiera embelesarían, y es que ningún niño puede dejar de asombrarse al ver el sol acariciar las lomas de una Andalucía cuya naturaleza hospitalaria invita a perderse en sus campos, a contemplarla con la calma de un anciano que espera recoger el fruto o embriagarse de sus aromas, jazmín y azahar, aceitunas molidas y dama de noche, alegría y buen humor… Desgraciadamente, para muchos crecer significa dejar de sentir empatía por lo que les rodea para dedicarse única y exclusivamente a la contemplación de su ombligo, confundiendo así el hecho de crecer con el de deshumanizar.
Y este ataque de nostalgia, ¿a cuento de qué? Pues, básicamente, se debe a que tras horas podando la higuera y la parra del patio, blanqueando paredes y desalojando cuartos, uno no puede dejar de hacer un ejercicio de memoria y recordar cuantas veces se baldeó ese patio, a veces con suma alegría y otras con áspera tristeza, cuantos animales convivieron conmigo en aquel espacio, cerdos, chivos, gallinas, conejos, patos, perros y gatos entre otros muchos que hacían la vuelta del colegio un momento tan agradable como las mismas vacaciones veraniegas. Cuatro generaciones de una familia que desvelaron sus más íntimos secretos a paredes de gruesa roca y cal, en las cuales aún permanecen emparedados playmobils, tortugas ninjas y masters del universo, a la espera de una nueva remodelación que los rescate del cautiverio al que un pequeño “mantalhombro” los confirió. Piedra viva, que habla, que suscita el eco de una época en la que la planta superior de las casas se llamaba cámara y al subir un intenso olor, imposible de encontrar hoy, a frutas, verduras y legumbres rebujaba el miedo para darle veracidad a las historias que los mayores contaban para impedir que los pequeños subiéramos -hoy día, aún sigo sintiendo respeto al subir las escaleras, aunque el lugar haya cambiado- , ecos de drama y comedia, de júbilo demencial y de rocambolescas historias que rozan los culebrones americanos, de sueños y pesadillas; no sé cuantos pueblos o ciudades más me quedan por habitar, ni cuantas casas o patios en los que morar, pero tengo claro a qué llamar hogar.

patio andaluz


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