Con la mirada fijada en la carretera y las manos al volante, recorro el manido trayecto que separa mi casa de la ciudad y, tal vez, por conocerlo de memoria, entro con facilidad en una especie de estado de conducción automático, dejando a mi cabeza deleitarse con los recuerdos de un fin de semana en el cual casi rozo el éxtasis. Como gotas de lluvia deslizándose por un cristal asoman sinuosos y solapados momentos para sumirme en un anestésico sopor y, tras minutos contemplando absorto la película que mi mente proyecta, como un cinéfilo ante el estreno del nuevo film de su actor favorito, la cadenciosa gotera de recuerdos se cierra para dar paso a la inefable sequía de la realidad. El vehículo que conduzco va cargado con años de recuerdos, juegos de mesa, piezas de ordenador, un armario, un kit de ping-pong, macetas, útiles para fumar… objetos de nimio valor que me acompañaron a lo largo de, al menos, cinco inmuebles, tres barrios y más de dos docenas de paredes, entre las cuales forjé gran parte de mi personalidad, ayudado por la incesante afluencia de visitantes y de inquietudes que pareciéndome tan alucinantes, decidí, sin aún saberlo, sacrificar a personas dispuestas a compartir conmigo todo, con tal de no perder ningún instante de la posibilidad de absorber y retener como esponja todo aquel mare mágnum de cultura a domicilio que se me ofrecía. Suficiente material para hacerme reflexionar sobre la ironía de la tragicomedia de la que todos somos partícipes. En tres días realizar dos viajes dejando atrás personas que te importan, a bordo de fumíferas capsulas motorizadas, repletas de maravillosos e irrepetibles instantes, no creo que haya ánimo capaz de soportarlo sin sentirse mermado y alicaído. Quizás sea que no me gusten los cambios, o quizás sea, simplemente, que hay cosas de las que me duele prescindir por mucho que tenga la lección aprendida, máxime si es en tan breve plazo de tiempo; supongo que era necesario para compensar el goce pasado, donde cada uno de los poros de mi cuerpo rezumaba felicidad, como diría un amigo: eso es cosa del karma. Y a los amigos me refiero cuando le doy trascendental importancia a las ropas o cachivaches que transporto, que aguardan a que mi apocado aliento se restaure y sea capaz de al menos extraerlos sin sentir cierto pesar sobre mis hombros y un gran desarraigo, aunque permanezca en la tierra que me vio nacer, la que ahora me parece árida y baldía. Porque, sencillamente, como dice Alfredo Bryce Echenique: “mi patria son mis amigos”, y como matiza Federico Luppi en Martín (Hache): “uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos, y eso sí se extraña, pero se pasa…”. ¿Cómo creer en una desdibujada patria que expulsa a personas valedoras y cualificadas, a valientes emprendedores que ven frustradas sus ideas por la inepcia de sus dirigentes, que separa personas y familias, para que les sea más fácil resquebrajar el tejido social a gobernantes que ven a la congregación de personas con ideas afines, y disonantes a las por ellos proclamadas, como una incipiente amenaza? De manera que ahí me encuentro, maldiciendo mi nefasta e inoportuna introversión; siempre se quedan cosas que decir y el amargo sabor de esas palabras llega a herir mi paladar, sintiéndome en la obligación de sacarlas por otros cauces que no me hagan sentir un retroactivo miedo capaz de paralizarme, donde la argamasa de sensaciones y pensamientos no pueda ejercer tan temible influjo. Del mismo modo que un pintor siempre puede dar una nueva pincelada para mejorar su obra o alguien que escribe siempre tiene la sensación de dejar una palabra en el tintero, las relaciones con nuestros allegados se me antojan parecidas, pues siempre tengo la impresión de haber podido hacer algo más por esa persona que me importa o de haberle dicho algo tan resabido como que le aprecio. Normalmente, siempre que escribo me gusta acabar con un pensamiento positivo, sin embargo hoy no lo encuentro, hoy no hay palabras de ánimo, hoy rebusco y no encuentro más que lodo adherido a mi funesto fuselaje, sin alas para siquiera llegar al suelo, soterrado en el extraño lecho del tiempo ajeno y perdido, intentando guardar puñados de lluvia en los bolsillos.


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