Una noche cualquiera

Publicado: 9 julio, 2013 en Microrelatos, Realidades
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No recuerdo que ocurrió antes de llegar a aquel punto de la noche. Asomaban tras los espigados bloques los primeros rayos de sol cuando me encontraba despidiéndome de mis compañeros de farra con la exaltación de la amistad y la efusividad propia del alcohol. Mis amigos se alejaron fantaseando sobre qué les dirían sus respectivas novias mientras yo permanecía, con cierta desazón, en la esquina de la calle contemplando como se marchaban unos y desalojaban los bares circundantes otros. A mi espalda sonó durante un brevísimo instante, el que tardó la puerta del local del que provenía en cerrarse, una melodía que atrajo súbitamente mi atención. Mi garganta sintió el alivio de la cerveza fría deslizarse como si de un acto premonitorio se tratara y, antes de siquiera pensar que hacer, mi cuerpo y su desmejorado equilibrio me posaron en la barra de aquel local con un viciado ímpetu. Las luces del garito palidecieron, la rancia atmósfera que me rodeaba ensombreció, serpenteaba un cabello hecho con los hilos del atardecer, capaz de eclipsar las tenues luces que iluminaban aquel tugurio, mientras unas manos revoloteaban a su compás ejerciendo sobre mí un enigmático embrujo; se deslizaban, suavemente, rozando una cara de piel rubicunda, perfilando curvas hasta posarse en una cadera que se contorneaba con tal sensualidad que rayaba la demencia. Tras su flequillo, la hipnótica figura, dejaba entrever unos finos ojos que, con cada vaivén de aquella danza, arponaban mi atención con su febril mirada. Doblegaba mi voluntad con una sonrisa que, pícaramente, dejaban escapar sus labios rosados, golpeaba mi entereza mellando mi timidez con cada sacudida de su cuerpo, y mis sentidos quedaron cautivos del embriagador erotismo que desprendía. Intenté calmar el ardor propinando tragos a la cerveza tibia que sujetaba, pero de nada sirvió. Ceñía el negro sus piernas, sus pies se deslizaban con elegancia, y la atractiva candidez del conjunto consiguió levantarme de sopetón para abalanzarme como un voraz felino hacia su presa. Me aproximé sin dudas, ofreciéndole mis brazos a modo de invitación, desgarré la neblina del pavor con los filos de la pasión, enmudeció el mundo… y procedente de la puerta junto a la que bailaba sonó correr el agua. Se abrió la puerta y otros brazos la rodearon, otro cuerpo al de ella acudió; reapareció la música, la feliz pareja salió del bar, recogí mi abrigo y no recuerdo, no llego a recordar…


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